Para llegar a Roma, en el aeropuerto tomé el tren y luego el bus que me llevaría hasta el lugar en el que me hospedaría. El padre Antonio me había dado el domicilio de la casa de los Misioneros de la Consolata quienes, providencialmente, me recibieron.
Bajé del bus y pregunté a una señora si sabía en dónde estaba esa calle y me dijo que no. Luego a una chica y muy segura me dijo que caminara una cuadra y a la vuelta encontraría la calle. Busqué la numeración y no concordaba así que volví a preguntar en una tienda y supuse que el chico, por trabajar en ese rumbo, conocería la calle. Me dijo, también muy seguro, que tenía que caminar cuesta arriba como 3 cuadras y que la calle estaba arriba. Su expresión al decirme esto fue de: "híjole, y con esa maletota!". Pero hice caso omiso de su insinuación; mi maleta no era tan grande y de cualquier forma tendría que llegar al lugar con mi ella.
Comencé a caminar y caminar jalando el equipaje hasta que se me comenzó a entumir el brazo. De pronto sentí como que las ruedas se hacían más pesadas y alguien estaba poniéndole peso extra a la "maletota". En donde se suponía que era la 3ra calle vi una escalinata como de 100 escaños y decidí que no iba, de ninguna manera, a cargar mi liviano equipaje hasta arriba sin estar segura de que era ahí, así que más adelante volví a preguntar y una pareja me dijo que tendría que caminar de regreso, hasta donde me había dejado el camión, porque la calle estaba justo cruzando la esquina esa. Ambos se miraron e intercambiaron palabras que aun sin hablar italiano entendí. Ella le decía algo así como: "pero va hasta allá y con esa maletota!". Comencé a creer que, o estaba más lejos de lo que yo pensaba o de plano lo que traía rodando sí era una maletota.
Así pues, llegué a la casa, con el brazo cayéndoseme, enojada con los italianos que no saben dar indicaciones y decidida a hacerme a la brevedad de un mapa de la ciudad. Desde que lo hice, no me he vuelto a perder y el dichoso mapa me ha permitido andar por los muchos callejoncitos, típicos en Italia, que parecen querer decir algo a quien se adentra en ellos.
Es invierno todavía y el frío cala. Lluvia, aire, y un poco de sol que cuando se asoma, hace una gran diferencia, pero en general, un clima bueno; frío pero soportable y ciertamente mucho más manejable que el de Viena. Esto me ha permitido andar y andar y descubrir el día a día de la gente que va a trabajar entre miles de turistas y entendí un poco la actitud de indiferencia de los romanos al darme instrucciones erróneas para llegar a mi morada. Todos los días viven entre gente que no sabe a dónde va, no sabe en dónde está la calle que busca, no habla italiano, anda con un mapita en la mano, pregunta por doquier cómo llegar a La Fontana de Trevi, al Coliseo, al Vaticano, y, al igual que yo, no encuentra la forma de no parecer turista, siéndolo.
Los turistas somos invasores de espacios. Ciertamente consumimos dentro del país pero no por eso dejamos de ser extraños en el lugar. Transitar todos los días por tu ciudad con miles de personas cruzando indebidamente la calle, sin saber si ahí está permitido o no, y tener que soportarlo porque "son turistas", debe ser el factor que genera esta indiferencia e intolerancia al turista. Uno se sube al bus y ve caras de todas las razas. Caminando por la calle somos muchos los que andamos con el mapa en la mano, la cámara colgada al cuello, la mochila al hombro y la cara alzada para admirar los edificios, buscar el nombre de la calle o leer la ruta del bus.
Y aun así, Roma y los romanos nos acogen para compartir su historia, nuestra historia, porque quien venga a Europa, necesariamente piensa en Roma, en tomarse una foto en el Coliseo, aventar una moneda en La Fontana de Trevi, en visitar el Vaticano, que aunque es Estado independiente, está dentro de esta ciudad y utiliza todos sus servicios para dar acogida a los millones de peregrinos que vienen en oleadas a conocer la Capilla Sixtina, a visitar al Papa y ni se diga los que vendrán en mayo a la canonización de Juan Pablo II. Todo está abarrotado ya.
Me he robado entonces los paisajes de esta ciudad. Me ha permitido fotografiarla en diferentes escenarios, con calma, sin apresurarme para realizar la toma. El Tíber me ha regalado imágenes al atardecer que llenan el alma y hacen que uno no quiera irse nunca de aquí, para poder seguir disfrutando de los puentes y las puestas de sol.
Al llegar, en el aeropuerto conocí a un sacerdote que me dijo: "Roma no hace honor a lo que es Italia. Es una ciudad sucia, caótica; espero que no te decepcione!". Entiendo ahora lo que me dice porque sí es cierto que es algo sucia y ciertamente es caótica. No quiero ni imaginar lo que será venir aquí en verano, pero decepcionada no estoy. Al contrario, me quedo enamorada de Roma y agradecida por sus regalos, por acogerme y presentarme aventuras en la estación de trenes, en el avión, y en sus calles, y por darme momentos de placer con sus pizzas, gelatos y cafés.
Hay momentos en los que la vida, a tirones, con caricias, con dolor, a través de eventos, o como puede, nos pide hacer un alto en el camino. Nos pide respirar y ver; nos pide escuchar y sentir; nos pide dejar de pensar y replantearnos así para qué estamos aquí. Nos pide encontrar el sentido del Viaje a Itaca. Y este es parte de mi camino hacia él.
marzo 10, 2011
febrero 27, 2011
Auf Wiedersehen Wien
Con una formidable acogida en casa de Henrik y Helena, mi estancia en Viena resultó más que placentera. Dos días hicieron falta para recuperarme del jet lag. Cómo lo hice? Fácil. Solo hubo que permitirme despertar en ambas ocasiones a las 3 pm, sin darme cuenta de la hora, sin presión por levantarme y dándome la chance de descansar lo que mi cuerpo necesitara, porque, a diferencia de otras ocasiones, en este viaje no hay prisas, las prioridades han cambiado y lo que antes resultaba importante en un viaje, como visitar 4 museos por ciudad, caminar como loco para recorrer todas y cada una de las calles y atracciones que están marcadas en la guía turística, levantarse temprano y acostarse tarde, hoy no es más importante que el sueño y la posibilidad de decidir libremente si se quiere ir o no a un museo sin sentir culpa por no haberlo hecho y sabiendo de cierto que no pasa nada si en vez del 100% de los lugares marcados en la guía se visitan solo la mitad, pero disfrutados al máximo porque se hace sin cansancio y sin stress.
Porqué será que nos preocupa tanto conocer todas las iglesias del lugar, los museos y lugares cerrados que hay en las ciudades? Ni siquiera conozco todas las iglesias del centro de Guadalajara, ya no se diga las de Cd. De México que son tantas. Recién acabo de enterarme que hay un templo de San Antonio en el lugar donde vivo y no sé ni dónde se encuentra.
La experiencia en el Museo de Arte Moderno de Viena, lo cual podría sonar interesante y además viene en la guía turística, resultó decepcionante en muchos sentidos y ocasionó en cierta forma esta reflexión. Para empezar, costó 6.50 euros y eso que fue con descuento de estudiante porque obviamente cargo conmigo mi super credencial de EGRESADO del ITESO (supongo que acá nadie entiende qué significa “egresado”, y como la leyenda está escrita al frente y al centro de la credencial, con sendo letrero enorme, quizás piensen que por el contrario estoy estudiando algo super especializado). Cuando iba a pagar mi entrada (originalmente de 9 euros, o sea casi $150) pregunté si no había algún descuento, a lo que la chica inmediatamente contestó que sí, que si yo era estudiante, con credencial internacional vigente, y “menor de 27 años”, entonces me costaría 6.50. Eso bastó para que yo hábilmente sacara mi credencial de “estudios avanzados”, fingiera haber olvidado mi identificación en la que ciertamente constaba que yo, como bien habría notado, tengo tan solo 26 años y ella, sin más, tuviera que emitir un ticket de descuento para esta joven estudiante mexicana.
Sucedido esto, entré a las dos exposiciones que tanta expectativa habían generado en mí y me llevé una gran decepción pero también aprendí que yo creo que no me gusta el arte moderno … al menos no ese: videos de gente “loca” (para mi gusto) desollando un chivo, cortándose las uñas con tijeritas hasta sangrarse los dedos, cortándose con un cuchillo la piel de la pierna, y cosas excéntricas que la verdad, a pesar de ser una estudiante de cosas tan especializadas, no entendí. También había los famosos cuadros hechos con cachivaches, los que representan el dolor a través de un trapo quemado, y un maniquí desnudo que como seguramente habría hablado alemán, no supe cuál era su propósito ahí. Evidentemente no pudo faltar el lienzo de 2x3.5m pintado de rojo carmín con una delgada línea negra al centro. Claro, también había uno amarillo. No recuerdo si en este último la línea era recta o curva.
El punto es que entendí que, ni los museos tienen porqué ser lo máximo de la vida (al menos para mí), y me di cuenta de que lo que realmente disfruto son los exteriores. Caminar por las calles permite estar en un enorme museo viviente, en donde también hay gente loca, seguramente hay alguien cortándose con tijeritas los dedos, o gritando incoherencias, y ciertamente hay más de una puerta o pared roja o amarilla, pero no exigen credencial, ni certificación de edad para aplicar descuento, ya que el escenario de la vida es totalmente gratis.
Desafortunadamente Viena en esta época del año es un escenario sumamente frío, con un aire que se mete por donde uno no se explica, y hela los más escondidos huesos, previo cuasi congelamiento de la piel. Dificulta el andar, el tomar fotos porque hasta la lente se empaña del choque térmico, hasta el hablar cuando los cachetes, labios y lengua están entumecidos por el frío. Uno termina metíéndose entonces en todas las iglesias que hay a la pasada para tomar un poco de calor lejos del viento.
El penúltimo día de mi estancia en ese país, fui y regresé sola de Tribuswinkel, el pueblo en donde viven mis amigos, a 30 min de Viena, a Schönbrunn, otro “must” indicado en la guía turística. Este palacio prometía una encantadora caminata, con vistas espectaculares ya que es famoso por sus enormes jardines. Olvidé que en invierno los jardines sí estarían, pero las flores y las hojas no; así que el paseo presentó maravillosos paisajes invernales con árboles desnudos, lagos y fuentes congeladas, hojas secas y mucho viento. Aun así, el escenario fue muy lindo. Como anochece temprano, antes de las 6 pm, me di prisa para regresar a buena hora a casa de mi amiga. Cabe aclarar que ésta era la primera vez que regresaba sola, ya que las anteriores ella había ido a mi encuentro en algún lugar de Viena. Tomé el metro, transbordé, tomé el tren, llegué a la estación y comencé a caminar. Había que caminar derecho, todo derecho desde la estación a casa de mi amiga. No habría pierde. Sin embargo, de alguna extraña y quizás extraterrestre manera, me perdí. Caminé no supe ni para dónde porque el frío era tal que no podía siquiera mantener la cara alzada porque los ojos me picaban. De pronto di con una iglesia que no recordé haber visto en el camino de ida; enfrente una escuela; caminé en una dirección, luego en otra … oficialmente estaba perdida. Decidí entonces llamar por teléfono a mi amiga para pedirle que fuera por mí y por alguna extraña y estoy segura que también extraterrestre razón, no me contestó.
Con -5º de temperatura, tuve que hacer un esfuerzo para descongelar a los ratones y echar a andar el mecanismo de supervivencia. Decidí pedir ayuda a una familia que caminaba hacia mí. Me acerqué y dije: -Haba inglés? – Un poco – OK, me puede ayudar? – Qué necesitas? – Estoy perdida- A dónde quieres ir? – Mmm, no sé, de verdad estoy perdida.
La cara de incógnita de la señora no se hizo esperar y su expresión casi quiso decir: No pos’ así ni cómo ayudarte …
Llegó su hijo y comencé a decirle que en realidad estaba en casa de una amiga, cerca de ahí, pero no recordaba el kilométrico nombre de la calle. Finalmente, después de 5 minutos de estar parados en la calle tratando de entender cómo era que yo, extranjera, no sabía la dirección a la que iba, y estaba realmente perdida, ellos decidieron llevarme a la estación de tren a la que había llegado para ver si nuevamente desde ahí recordaba para dónde ir. Pensé que me dejarían en la estación y se irían, pero cuál fue mi sorpresa al escuchar que el atento joven me decía: - Este es un día muy frío para andar haciendo experimentos, veamos si reconoces el camino y damos con la casa; no tenemos prisa, no te preocupes.
Conocí a mis ángeles de ese día, porque en 10 minutos estaba yo en la puerta de la casa, sin tener el domicilio, y sin saber cómo es que llegué hasta la iglesia si realmente solo había que caminar todo derecho, pero también sin la menor duda de que, no importa qué pase, siempre habrá alguien dispuesto a ayudar, y todo va a estar bien.
P.D. Esta nota fue escrita en la sala de espera del aeropuerto de Zürich, que dicho sea de paso, no tiene nada que ver con el Charles de Gaulle ni el Benito Juárez. Es moderno, limpio, elegante de hecho. Suizo.
febrero 24, 2011
Como el arcoiris
Cuando Rodrigo mi sobrino, a sus 4 años de edad preguntó cómo era eso de que había 3 dioses, mi madre, haciendo uso de todos sus recursos y conocimientos doctrinales comenzó a explicarle el misterio de la santísima trinidad diciendo que es un solo dios en 3 personas distintas. Esto no parecía ser una explicación comprensible para el niño, ni tampoco para su hermano de 5 años, Alvaro, que de pronto intervino y dijo, "mira Yosh, es como el arcoíris; muchos colores pero un solo arcoíris". Entonces su hermano se quedó tranquilo con la explicación, que de pronto entendió.
Si yo hubiera querido definir este año sabático, no hubiera podido hacerlo mejor: es como el arcoíris, muchos viajes, muchas experiencias, muchos sucesos, muchos sentimientos, muchos vuelos, muchos maticesy un mismo tiempo sabático.
El trayecto ha sido largo. México-Miami-Paris-Munich-Viena. De pronto aparecen datos en la pantalla del avión: 10,000 pies de altitud, 997 km/h, -54ºC. Lo cierto es que ninguno de esos datos me dice mucho, ya que encerrada en una cabina con ambiente controlado, todo pareciera estar en orden. Cuando lo pienso, me doy cuenta de lo vulnerables que somos dentro de la misma. Una descompensación, una pequeña falla técnica y todo acaba. Esta reflexión formó parte del primer vuelo transcontinental de este arcoíris sabático y preferí no seguir alimentando esas ideas, ya que aún faltan muchos vuelos por hacer y nubes por atravesar, muchas turbulencias bien manejadas por los pilotos y aterrizajes con aviones coleados, así que pensar en esto no me ayudaría.
El paso por el aeropuerto de Miami fue de larga caminata. Afortunadamente hay carritos para maletas, que sí puedes trasladar por todo el aeropuerto, no como en el Benito Juárez que usas el carrito por 20 metros, solo de la banda a la puerta de salida y más tardas en subir las maletas que en tenerlas que bajar. En fin, en Miami la caminata incluyó desde recoger la maleta en la banda 8 y tener que salir por la puerta cercana a la banda 1 para pasar aduana, y que alguien te diga, "Follow the yellow dots", para sentir que uno es como Dorothy, para que al final del camino amarillo, un malencarado joven te pida la maleta para aventarla a la banda que la llevará a su siguiente destino. Tramité mi pase de abordar con un antipático extranjero orientalón que hablaba francés a tirabuzón, luego la tan famosa fila enorme para pasar los puestos de seguridad de hoy en día, y que me revisaran por tercera vez la bolsa porque al parecer llevaba algo sospechoso.
De una terminal a otra más de media hora andando y andando y sin ubicar ni un lugar cercano donde comer, porque para llegar a cualquier restaurant de fast food hay que caminar como 8 salas de espera de ida, y otras tantas de regreso, e ir al tren para que te lleve a la siguiente terminal, en donde si preguntas: Where is the court food?, el señor te verá con cara de incógnita y responderá: Court food? We only have Wendy's. 3 horas de intervalo entre un vuelo y otro pronto se terminaron y solamente tuve que esperar 45 minutos en la sala de espera para tomar el vuelo a la ciudad de las luces.
Luego el Charles de Gaulle. Todo apeñuzcado, con gente por doquier, con el famoso carrito (que dicho sea de paso, ahí también lo puedes llevar a casi cualquier parte ... no como en el Benito Juárez), y corriendo para cambiar de una terminal a otra. Afortunadamente mi vuelo salía casi 4 horas después, así que pude trasladarme con calma de lado a lado del aeropuerto, esperando que el ejercicio ayudara a deshinchar las piernas después de tantas horas de vuelo. Y a buscar la aerolínea Lufthansa, que tiene un moderno sistema de autoticketing, y gente bastante amable.
Nuevamente a caminar e instalarme en mi sala de espera. Como en esta ocasión el tiempo era más largo, comencé a leer. La lectura se convirtió en siesta, la siesta en sueño y el sueño casi termina en vuelo perdido, aunque en realidad terminó con una fuerte llamada por los altavoces: Marcela Pérez, presentarse de inmediato en la puerta X. En 15 segundos estaba yo abordando el avión.
Camino a Munich no hice más que dormir y despertar en dos ocasiones: a la hora del lunch y al aterrizar. Y de Munich a Viena ya el trayecto era tan corto, que solo esperé tomando un rico café, cortesía de Lufthansa, dentro de un lindo aeropuerto aclimatado, en donde se nota realmente el primer mundo, el amaestramiento de los ciudadanos para comportarse con propiedad, y los servicios que una empresa puede brindar para hacer más confortable la estancia de un pasajero que lleva 24 horas de aeropuerto en aeropuerto. Claro que esto último ellos no lo sabían, pero yo se los agradecí.
Así, pues, fue la llegada a Europa, el lugar de las respuestas, y una de las estaciones en este viaje a Itaca ...
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