abril 30, 2011

En honor a los niños de mi infancia

Es fácil felicitar en el día del niño, a los que en el momento tienen una corta edad. Pero en este día del niño en especial, quiero felicitar y honrar a los niños de mi infancia. A los que estuvieron junto a mí, siendo niños, en mi niñez. 


Algunos lo saben, algunos no, pero yo me considero oriunda de la Ciudad de México, o sea, chilanga. Para tranquilidad de los tapatíos, mi acta de nacimiento dice que soy de Guadalajara, sin embargo, yo digo que uno es de done se cría y es en el DF en donde crecí. En este sabático, decidí pasar un mes en la ciudad en la que aprendí a andar en bicicleta,  a hacer sumas y restas, a atravesar la calle, a jugar resorte, la ciudad en la que está el departamento de Niágara No. 55, marcado con el interior 402, y en el cual viví por más de 10 años.



Regresé a México por un mes, en este sabático, no como otras veces que solo iba a trabajar y tomaba café o desayunaba con algún amigo que tenía tiempo en esos días. En esta ocasión volví para respirar mi ciudad más allá del smog, regresé como quien regresa al nido, y descubrí parte de mi esencia. Fue como revivir quién había sido de pequeña. Recorrí casi a diario las calles de la colonia Cuauhtémoc, esa en la que me crié, a dos cuadras del Angel y del Paseo de la Reforma. Y reaparecieron los amigos de la infancia. Hicimos una reunioncita de reencuentro y fue como volver a ser niños. Nos divertimos, reímos, y sentí que había una cierta complicidad entre todos. Esa de haber compartido travesuras, aulas, maestros; esa de recordar cosas a través de las pláticas de otros; esa de ser exalumno del Boston.


Es curioso darse cuenta de la percepción que los demás tenían de mí: Marcela, eras una matada!! y además nunca me dejabas copiar en los exámenes. Es cierto, la rectitud me ha caracterizado siempre en ese y en muchos otros aspectos de mi vida. Esa rectitud en más de una ocasión se ha convertido en cuadratura e intransigencia. Lo bueno es darme cuenta de ello. De pronto escuché a niños de 7-8-9 años diciéndome algo que, hoy a mis 33, sigue siendo un patrón. Queridos amigos, gracias por hacérmelo ver. 




El reencuentro con los compañeritos del Boston me ha permitido además conocer y ver más a fondo a la que considero mi tercera hermana, Angela, mi Negra, la única con la que he mantenido contacto desde los 3 años de edad. Fue mi comadre inseparable de estudios, de recreos, de tardes de jugada de nuestras mamás. Teníamos un grupo y pensábamos concursar en la televisión imitando a Flans. Ella era Ivonne, Lety era Ilse y yo Mimí. Nuestras mamás nos veían ensayar y se reían seguramente al ver que nuestra afición no era tanta porque tampoco fuimos tan insistentes para participar y nunca nos llevaron al concurso de Siempre en Domingo. 


Ahora Angela y yo somos cómplices, confidentes, amigas, hermanas. Y es que alguien a quien se conoce por 30 años no es cualquier persona.


Hay dos niñas con las que pasé el mayor tiempo de mi infancia, Paty y Cherie, mis hermanas. Con ellas crecí, compartí cuarto, jugué y peleé hasta el cansancio; con ellas patiné y anduve en bicicleta. Recuerdo el día que ellas dos jugaban "uñitas" en Perisur, girando, y de pronto se soltaron, y Adriana (Cherie) se fue de boca contra el piso y sangró. Mis padres estaban en una óptica y los empleados nos ayudaron para curar a la niña. 




En una ocasión rompimos la cabecera de la cama jugando a "la casita". Amarrábamos la sábana a la cabecera y "se rompió". La reparación y pintura que hicimos fue tan buena, que mi madre no se dio cuenta del hecho sino varios años después. Ya para cuando nos quiso regañar le dijimos: "Apenas te estás dando cuenta???". El Parque Naucalli, las idas a Tequesquitengo, los viajes a Guadalajara que hacíamos por carretera (cuando no había maxipistas) y eran 7 horas de juegos, canciones, pasarle los cassettes a mi papá para que los pusiera, contar vacas, coches, chistes, ver las nubes, jugar a las manitas (claro, hasta que una lloraba), cantar la larguísima canción de "La rana que estaba sentada cantando debajo del agua-gua-guaaaaaa" y que ahora mis sobrinos cantan junto con nosotras. Con mis hermanas compartí escuela, ropa, juguetes, en fin. "Es de las tres", decíamos. Y esque mis padres nos enseñaron a compartir. Nos turnábamos el control de la tele, el asiento del coche, la bicicleta, los patines, y todo lo que venía en presentación de una o dos unidades. Ibamos al catecismo a un parque cerca de mi casa y luego jugábamos un rato y juntábamos catarinas y gusanos quemadores. Todo lo hacíamos a pie: la escuela, el parque, el super, el inglés, el francés, la pintura, la natación ... 


Los otros hermanos son los primos. Eramos en el Boston "los niños Isunza" y a veces Miss Chelito, la directora, le daba a mi tía la queja de una de nosotras. Ella solo decía: "Yo le paso su recado a mi hermana". Siempre les dijeron que si eran gemelas aunque a mí no me parecían tan iguales. Las maestras nos conocían a todos. 


Gaby y Rafael fueron como hermanos para mí. Siendo yo la mayor de las hermanas y no teniendo un hermano varón, y mucho menos mayor, en más de alguna ocasión, ante algún niño gandalla, utilicé el recurso de "mi primo es más grande y le digo a él para que me ayude". Al fin y al cabo él tenía amigos. Compartimos muchas cosas juntos. 




Jugábamos baseball los 5 en su habitación, que entonces me parecía inmensa, y que ahora que lo pienso, seguramente no medía más de 4x4 mts y todavía corríamos! Es esa percepción de la inmensidad de las cosas que se tiene cuando uno es niño que me encanta y que me encantaría que persistiera en la adultez. Es impresionante llegar al patio de la casa de tu abuelo y darte cuenta de que te parecía enorme y es apenas un pequeño lugar.


Hoy me he reencontrado con mis primos. Cuando nos fuimos a vivir a Guadalajara, la distancia física colaboró para que nos distanciáramos también en la convivencia y el contacto posterior. Hoy que soy adulto y veo lo importante que han sido en mi vida, he decidido procurarlos y el reencuentro ha sido maravilloso.


Las vacaciones para mis hermanas  y para mí eran una maravilla. Las pasábamos siempre en Guadalajara y algunas veces también iban Gaby y Rafael. Disfrutábamos enormemente porque íbamos con las primas! así que era una fiesta. Eran dos meses, en verano, de convivir con 3 primas en casa, más otras dos que frecuentábamos mucho, de la familia Pérez, y era increíble estar entre puras mujeres.


"Las Guacamayas" nos denominamos (quién sabe porqué). Ellas mayores que nosotros, divirtiéndose con las chiquillas, como siempre hacemos los adultos. Nos vestían del artista del momento y montábamos coreografías en Navidad, salíamos a patinar en la calle, cuando todavía se podía y jugábamos Stop con algunos niños de la cuadra. Nos llevaban a sus escuelas. Entonces ir a la prepa y a la universidad, mientras yo estaba estudiando primaria, me parecía por demás emocionante. En una ocasión hasta le pasé el acordeón a mi prima Montse.


Hay tantas y tantas anécdotas que podría contar de los niños de mi infancia ... en este día del niño, solo quiero darles las gracias. La gente de nuestra infancia es testigo de lo que somos en realidad, de nuestra más pura esencia, y saben cómo éramos de pequeños, y por lo tanto, cómo somos de adultos, en el fondo de nuestro corazón, cuando el caparazón se ha endurecido.

Gracias a ustedes tuve una infancia feliz y en parte por eso soy hoy lo que soy. 

abril 27, 2011

El desapego ... y el mar

Después de aquel incidente en el año 2000, al decidir iniciar este año sabático tomé un poco más de precauciones para que, si por alguna razón me robaban la cartera, el perjuicio no fuera tanto. 

Cambié mi cartera por una carterita tipo tarjetero, pequeña y portátil. En ella solo llevaría lo indispensable, e hice mi lista:
- Dos tarjetas de crédito (por aquello de que una no pasara)
- Identificación (IFE con terminación 03)
- Licencia de conducir (recién renovada para no tener problemas si acaso manejaba en otra ciudad o país)
- Credencial de exalumno (que seguramente sería aceptada en más de algún museo para reducción de cuota)
- Tarjeta del seguro (es mejor tener los datos y no necesitarlos)
- Dinero en efectivo (no puede faltar en un viaje)
- Visa americana (como era también tamaño credencial, decidí llevarla ahí para no perderla)

Después de varios meses de viaje, al parecer la fórmula ésta funcionaba y mis pertenencias permanecían conmigo. Después de haber pasado parte del invierno en Europa, extrañaba el sol y el calorcito, así que el primer día que la temperatura comenzó a subir y el sol salió, decidimos Daniel y yo ir a dar un paseo por los riscos de Getxo, cerca de Bilbao. Hacía un día de esos que se antojan, en los que hace viento y sol. Es un paseo de aproximadamente 2 horas por un camino pavimentado en el que se puede disfrutar el mar desde lo alto. 

Al regresar, estábamos hambrientos después de la caminata y decidimos comprar un bocadillo. Cuando quise pagar, me di cuenta de que no traía conmigo mi cartera. De pronto tuve un flash back con el incidente de hace 11 años en Inglaterra, en el qe había perdido la bolsa completa. Claro que la diferencia es que en Londres, me habían ROBADO la cartera; aquí yo la había EXTRAVIADO, porque en ningún momento nos cruzamos de cerca con nadie. De pronto tuve ganas de llorar, pero de coraje conmigo por no haber cuidado las cosas, y por haber llevado la cartera en un día en el que no la iba a necesitar y bla bla bla bla bla, en fin, toda la verborrea que escupe el cerebro en cualquier momento que nadie le pide que intervenga. 

Cuando lo reflexioné en ese mismo momento, dije, lo perdido, perdido está, así que vámonos. Y comencé a pensar en lo que realmente era importante en esa carterita: 

- Dos tarjetas de crédito (una de ellas me la repusieron en menos de un día en Madrid - resuelto)
- Identificación (me traje la que es 03, y en mi casa tengo la vigente - resuelto)
- Licencia de conducir (estaba recién renovada, bueno, sacamos otra - resuelto)
- Credencial de exalumno (bueno, me valió algunos descuentos, eso ya es bueno; tramitamos otra - resuelto)
- Tarjeta del seguro (es solo informativa; digo, por perder la tarjeta no se pierde el seguro - resuelto)
- Dinero en efectivo (bueno, algún precio tenía que pagar por tropezar dos veces con la misma piedra, no? jajaja. Acababa de sacar el dinero del mes del banco ... pero es solo dinero - resuelto)
- Visa americana (éste fue el único plastiquito que no debí de haber cargado de verdad, porque mi vuelo de regreso tenía conexión en Estados Unidos y los gringos me la aplicaron ya que no hay reposición de visas más que en México. Literalmente, me mandaron un mail diciendo: "Le recomendamos buscar una ruta alterna para regresar a México". Pero bueno, solo hubo que pagar la diferencia - resuelto)

Cuando uno se cerciora de que nada de lo que creía vital lo es, y que todo, excepto la muerte, tiene solución, entonces la vida se hace más ligera y los viajes más felices. Y nuevamente, todo se reduce al tema del dinero, que en este mundo se ha vuelto indispensable para hacer cualquier cosa. No voy a decir que no me salió cara la lección, pero el punto es que todo se puede solucionar, solo hay que tener imaginación, voluntad, una American Express, ganas de conocer una ciudad nueva como Madrid para recoger tu reposición de la American Express, y un buen amigo que te acompañe por ella y además te preste dinero por el resto del viaje.

Es sabido que en España, o al menos en Bilbao, cuando la gente encuentra cosas en la calle, las lleva a la policía y tienen un departamento de objetos perdidos. Estuve llamando por 15 días para ver si aparecía mi cartera, aunque fuera sin dinero, como hacía 11 años, pero me di cuenta de que los milagros solo ocurren una vez en el mismo sentido. Que me devolvieran dos veces la cartera hubiera sido verdaderamente inhóspito Aunque hubiera podido ser y confiaba en que así fuera, sé que si no regresó es porque mi lección del desapego no estaba bien aprendida todavía. Hay que aprender a soltar las cosas, la gente, la casa, los muebles, el trabajo, y todo aquello que nos ate y que nos impida la propia realización. 

Hoy pienso que quizás nadie ha encontrado ni encontrará esa cartera, porque su misión era la de enseñarme algo, y encontró un buen lugar para quedarse. Seguramente a lo largo de las dos horas de recorrido, coqueteó con el mar y el mar se la llevó. En algún momento decidieron ambos conspirar a mi favor para hacerme juntos el regalo de verme de pronto sin nada ... y con todo. 


Tuve la certeza entonces de que, sin importar lo que pasara, todo iba a estar bien. 

abril 26, 2011

El desapego ...

En el año 2000 Carmen, Roberto y yo emprendimos un viaje que tenía como común denominador el no saber qué pasaría nunca después de 3 días. En ocasiones no sabíamos ni qué haríamos al día siguiente. Y fue así, sin saber muy bien a dónde iríamos, pero con una vaga noción de que queríamos recorrer Europa en coche, que conocimos ciudades de Francia, Suiza, Italia, Mónaco, Austria, Hungría, Rumania, República Checa, Polonia, Alemania, Holanda, Bélgica e Inglaterra. Fueron aproximadamente 5 semanas de carreteras, jornadas de manejo de hasta 14 horas, dormidas en el coche a mitad de carretera ... un viaje inolvidable en muchos sentidos.


Después de 5 semanas de andar cargando la cangurera de viajero para cuidar ahí el dinero y los pasaportes, al llegar a Inglaterra decidí que quería descansar de ella un rato. Me la quité y la guardé en mi bolsa de mano. Ibamos a ir a cenar a un restaurante que nos había recomendado nuestro anfitrión: el amigo (que no conocíamos) de un maestro de la universidad (con el que teníamos relación en ese momento). Fuimos al restaurante y la estábamos pasando bien. Había una niña pequeña muy simpática y junto a nosotros una pecera grande. El papá acercó a la niña a la pecera y jugueteaba con ella, con esas voces y expresiones que los adultos hacemos a los niños como si de esa forma nos entendieran mejor. 


Al momento de pedir la cuenta quise pagar y me percaté de que mi bolsa había desaparecido. Hice una serie de revisiones mentales rapidísimas para recordar si de verdad la traía o la había dejado en casa y finalmente caí en cuenta de que me la habían robado. Dos días antes, en Holanda, habíamos tenido muchas complicaciones para encontrar hospedaje porque había un festival o algo así y todo estaba lleno. Los hostales que tenían espacio solo rentaban las habitaciones por dos noches mínimo y nosotros solo queríamos estar una noche ahí. Encontramos una posada con un colchón prácticamente tirado en el piso, que si hubiéramos tenido una lupa (y sin tanto aumento eh!) hubiéramos visto todo un zoológico microscópico; el lavabo sucio; los espacios daban asco en realidad. Además, había que subir las maletas por unas escaleras sumamente angostas y empinadas. En el coche traíamos las maletas de Roberto, quien dejaba en ese viaje Francia, después de haber estudiado ahí un semestre, por lo tanto, eran maletas grandes y pesadas. 


Decidió dejar sus maletas en el coche, que estacionamos justo afuera del hostal y era seguro porque estábamos a unos pasos de la estación de policía. Dormimos apenas encima de algunas chamarras que llevábamos; ni las sábanas nos queríamos poner. A la mañana siguiente, ya para irnos, en el coche un cristal roto, y las valijas abiertas. Nos habían robado. Las maletotas se quedaron en el coche; supongo que eran muy grandes para andarlas cargando, así que las dejaron. Pero había una pequeña mochila con documentos de mi amigo y dinero en efectivo. Esa sí que se fue. 


Así que, faltando todavía 10 días para terminar el viaje, nuestro prestamista oficial perdió 3,000 dólares que su padre le había dado, el pasaporte, y el boleto de avión. Tuvimos que ir primero a cambiar el coche porque no podíamos circular sin ventana, luego a Bélgica, a la embajada mexicana para tramitar un pasaporte, y por último nos fuimos a Inglaterra. 


Considerando que su mala suerte era mucha, Roberto me pidió que yo guardara su pasaporte que recién había repuesto y yo lo puse nada menos que en mi bolsa, junto con el mío, claro. Además, con el poco dinero que nos quedaba para los 3, que dicho sea de paso, también estaba guardado en mi bolsa, compramos los boletos para ir y regresar a Inglaterra. Y fue justo después de haber puesto todos los huevos en la misma canasta, cuando llegó el coyote y se llevó la canasta ...


Perdimos entonces boletos de avión, dinero, boletos de tren, pasaportes, tarjetas de crédito ... en fin. Yo había escrito el teléfono del perfectamente desconocido amigo de mi profesor para poder llamarle y ese dato también estaba en mi bolsa. Así que, eso valió para que alguien, que quiero pensar que no era el mismo ladrón, llamara al departamento para decir que "le habían dejado tirado en su casa un bolso con documentos mexicanos". Efectivamente, nos devolvieron TODO. Bueno, casi todo, el dinero, la cámara fotográfica y los lentes fueron el precio a pagar por la novatada. El risueño y juguetón papá con su niña, entre risa y risa y entre abrigos, se llevó la bolsa.


Este incidente lo he contado por muchos años como anécdota chistosa, como experiencia de un viaje y como lección de vida. Es chistoso contarlo después de tanto tiempo porque es de esas cosas increíbles que pasan y que vale la pena contar. La experiencia en el viaje fue muy enriquecedora porque fue una situación que causó estrés, y de alguna manera hizo que nuestro ánimo se fuera abajo al estar visitando Inglaterra ya sin dinero, pero nos mantuvo unidos a los 3 viajeros, sin mayores pleitos. Y como lección de vida me hizo dar cuenta de que hay cosas mas importantes que otras. En ese momento yo agradecí verdaderamente que los boletos de avión hubieran regresado al igual que los pasaportes. El dinero pasó a segundo término (como siempre).



Esta experiencia, de hace casi 11 años, viene a colación en este sabático porque muchas veces las lecciones se repiten, cuando no han quedado bien aprendidas. Si la lección es el desapego, entonces llevo muchos años recibiéndola y seguramente no la he aprendido aun, porque me sigue llegando.

(Continuará...)




abril 07, 2011

Vi(c)toria



Uno de los libros que más me ha gustado es “Los Pilares de la Tierra” de Ken Follet. Narra la historia de la construcción de una catedral medieval en Inglaterra. Es la catedral de Kingsbridge. En 2002, años después de haber escrito ese libro, Follet viajó a Vitoria, un pueblo vasco en el que existe una catedral medieval en periodo de remodelación -casi reconstrucción- desde hace 12 años.

Al conocer los trabajos que se estaban haciendo en la catedral, la historia, los hallazgos que en ella se estaban dando debido a las excavaciones, y los estudios que se estaban haciendo para entender el movimiento del edificio, Follet decidió comenzar a trabajar en la segunda parte del libro, “Un Mundo sin Fin”, en donde narra los trabajos de reconstrucción que se tienen que llevar a cabo siglos después de haberse construido la catedral de Kingsbridge, porque ésta comenzaba a derrumbarse en su interior. Ambos libros captaron mi atención de la manera que solo los libros que te tienen leyendo hasta las 2 am y te roban el corazón, lo hacen.

Hoy conocí Vitoria y la catedral que inspiró el segundo libro de Follet, rankeado en mi top ten personal.  El concepto de visitas es interesante porque el recorrido que se hace a interior de la catedral se llama "Abierto por obras". Las visitas sólo son guiadas y el espacio está preparado con pasillos para caminar entre la obra, rodeados de trabajadores, con el ruido de taladros y maquinaria, y usando casco protector. Se realizó una excavación de 8 mt para conocer el estado de los cimientos e identificar desde ahí los problemas estructurales del edificio. De esa forma han podido reforzarlos y trabajar todos estos años para salvar la construcción.

El 7 de abril de 2010 comenzaron también para mí los trabajos de reconstrucción. Inició entonces una excavación profunda para conocer el estado de mis cimientos e identificar los problemas estructurales de los mismos y reforzar lo necesario para seguir de pie. Y es que hace un año llegó Victoria, mi hija, y llegó solo para traer un mensaje, fuerte y claro, que fue de pronto como la llamada de alerta de quien escucha el crujir de las piedras en el interior de la catedral y sabe que si no se revisan las causas, sin más, ese edificio, a pesar de ser enorme, parecer bien plantado, ser imponente, se derrumbará.

Victoria llegó a hacer que replanteara mis objetivos de vida y a hacerme saber que la vida es ahora.  Me siento privilegiada por haber tenido un mensajero físico. Hay veces que decimos que recibimos mensajes del universo, pero no sé qué tan seguido los recibamos con todo y mensajero. Puedo preciarme de decir que yo tuve uno. 

Einstein dijo algo parecido a: si quieres tener resultados diferentes tienes que hacer las cosas de manera diferente. Supongo que es lo que busco hacer ahora, en este tiempo sabático en el que, más que vacaciones, trato de hacer las cosas de otra manera, identificando los matices del arcoíris que lo conforman y reforzando los cimientos y las columnas pandeadas. Es como caminar entre andamios y casco protector, sabiendo que dentro de poco, el resultado de esta obra será una majestuosa edificación, lista para aguantar mil años, historias y mensajeros más.  

La Catedral de Santa María de Vitoria ha aguantado el paso del tiempo con paciencia, y hoy, sus grietas en las paredes, el hundimiento de su estructura, la curvatura de sus columnas, dan fé de su historia, y su recuperación no pretende sino honrar esa historia. Es lo más cercano a lo que siento estar viviendo, y hoy, a un año de haber comenzado con esos trabajos, honro y agradezco la presencia de Victoria, mi mensajero personal, que repicó las campanas de alerta para que esta estructura no se derrumbara.

abril 05, 2011

Que te multen con boleto pagado ... no tiene precio

Antes de dejar Italia quise conocer Milán. Que es la capital de la moda, que quizás te encuentres a un modelo por la calle, que tiene una catedral digna de visitarse, que es la crema y nata de Italia … pues hay que ir entonces, me dije. Lo platiqué con mi compañero de viaje en turno y decidimos que sería una buena opción además de que representaba una ventaja económica porque desde Milán el vuelo a España, siguiente destino en la ruta sabática, era más barato.

Revisamos el famosísimo trenitalia.com para ver tarifas y horarios. Decidimos tomar el de las 10 am porque costaba la tercera parte que el de las 11 am. El tren de segunda en Italia es cuando menos igual que el mejor autobús al que yo me haya subido en México, así que uno puede comprar esas tarifas sin temor a vivir la experiencia pollera en su máxima expresión. Salimos entonces, contentos de haber comprado los boletos, nos subimos al tren con tiempo y de vez en vez dormitábamos. De pronto llegó el inspector, nos despertó y nos pidió los tickets. De inmediato los saqué y se los mostramos. Con aire de superioridad e investido de la autoridad que le otorga el uniforme de respetable inspector de trenes, miró los boletos, los revisó y en un perfecto e incomprensible italiano nos preguntó algo.

Ese algo, que en italiano no sé cómo se diga, pero en lenguaje de señas entendí, significaba que en dónde estaba el sello del boleto. En efecto, en Italia no basta con comprar tu boleto, sino que hay que checarlo en una maquinita antes de subirte a il treno. Cuando los inspectores son buena onda, se dan cuenta de que siendo extranjero podrías no haber conocido dicha regla (porque además no está específicamente indicado en ningún lado que en esas máquinas amarillas hay que marcar el boleto antes de subir), y que en efecto acabas de comprar el boleto - porque en él se indica la fecha de compra-, por lo que es imposible que lo hayas utilizado para ir y venir a Milán en repetidas ocasiones ese mismo día -fecha de compra del ticket-, antes de las 10 am -hora de salida de ese tren-, cuando el trayecto es de 2 horas -a menos que tu deporte favorito sea subir y bajar del tren. 

Sin embargo, él no quiso verse buena onda, sino verse muy inspector y hacer valer su autoridad. Finalmente para algo le dieron ese uniforme, no? Con una sonrisita comenzó a escribir algo en el boleto. Pensé que sería la anotación de fecha y hora en la que habíamos utilizado el boleto y que nos haría la indicación de que no lo volviéramos a olvidar.

Ingenua yo. Lo que estaba anotando en idioma universal por aquello de que no le entendiéramos, era el importe de la multa. El boleto nos había costado €10 cada uno … la multa estaba marcada en €44 también para cada uno! La cara de asombro e incredulidad de los dos ingenuos mexicanos infringiendo las leyes italianas no se hizo esperar. Para mi consuelo tampoco se hizo esperar la cara de incredulidad de un pasajero italiano que estaba sentado frente a nosotros. Pero el buen inspector tuvo la gentileza de hacernos el 50% de descuento y solo cobrarnos la multa de uno. Tachó uno de los €44 y solo nos cobró el otro.

Los pensamientos no se hicieron esperar:
1.       Qué caro!
2.       Qué poca!
3.       Qué pendeja! Si ya sabía …

Tampoco los sentimientos. Hubo varios que recorrieron mi cuerpo:

1.    Impotencia. Sin hablar italiano, y por lo tanto sin poder reclamar y estando en un país extranjero donde, sin conocer el manejo del mismo, lo único que queda es pagar. Un italiano de seguro que hubiera comenzado a gritonear y a decir mil cosas.

2.    Abuso. Porque si bien es cierto que la ley dice eso, también es cierto que los elementos indicaban que acabábamos de comprar el boleto y no podíamos haberlo utilizado en otro viaje.

3.   Desconfianza. Todavía dudo que realmente nos haya hecho el 50% de descuento. Yo creo que nos debía de haber cobrado €22 a cada uno, pero como no dice eso en ningún lado, nos dijo que era el doble y que nos hacía descuento para que ya no la armáramos de jamón. Cuando menos nos dio recibo de pago.

Qué hubiera pasado si no hubiéramos traído dinero? Ni modo que nos aventara del tren! Me quedé con ganas de pelear un poco por lo que yo sentía que era un abuso y un exceso, y no digo que fuera injusto, solo excesivo. En fin. Pagamos, así que esa opción ya ni siquiera la pienso porque no quisimos ponernos en antecedentes delictivos en la bella Italia. Finalmente llevábamos las de perder.

Después de haber pagado la multa, nuestro vecino nos vio y dijo: Italia, este es un país de ladrones y gente que busca sacar ventaja. Acto seguido, sacó su teléfono y llamó a no sé quién y le contó todo lo que había pasado.  Ahora yo se los cuento a ustedes con menos carga emotiva porque esos €44 me dolieron como si hubieran sido miles.

Y esque yo pregunto, alguna vez  te han multado en un tren, inclusive llevando boleto? … Solo en Italia :(