mayo 10, 2011

Ser madre de la esencia, a pesar de la ausencia

Primero fue una sospecha. Unas cuántas náuseas atribuibles a posibles varias causas, algunos dolores ... era posible. Luego una muestra de sangre, el nervio todo el día y de pronto el momento de la apertura del sobre en el que leí POSITIVO y lloré. Fueron las primeras lágrimas de madre que rodaron por mis mejillas. 


Días de incertidumbre, de temor, de emoción, de imaginarte, de pensarte, de sentir cómo todo el mundo cambiaría para girar ahora alrededor tuyo, porque era tu momento de comenzar a hacerlo girar y el mío de acompañarte y enseñarte. El primer ultrasonido y la doctora dijo: "Ves ese frijolito? es tu bebé!". De nuevo lloré. 


Luego escuchar tu corazón. Casi podía sentirlo tan rápido como el redoble de un tambor. Y de nuevo lloré. No sé si tiene que ver con esto que dicen de que la sensibilidad se incrementa durante el embarazo, pero es cierto que es tanta la emoción, que no encuentra otra forma de salir que a través del llanto. Lágrimas que salen solas, de pronto y que van siempre acompañadas de un escalofrío lleno de emociones, y que se mueve desde el corazón. 


Hubo una noche que se hizo larga, y estuvimos casi en vela tú y yo. Supongo que el vaivén de las contracciones no te dejaría descansar bien y estar a gusto. Nos recetaron reposo y estudios. Durante el estudio dijo el doctor: "Aunque no las sientas, tienes contracciones". Y era verdad, en ese momento no las sentía. Nos acababa de decir que eras una niña. Creo que al saberlo, todo se me olvidó. Confieso que tuve miedo pero estaba feliz, y lloré. 


Los dolores no cesaron y a la mañana siguiente luchamos tú y yo. No estoy muy segura de si luchabas por salir o por quedarte. Luego comencé a platicar contigo, y a pedirte que te quedaras conmigo, pero supongo que no dependía totalmente de tí decidir eso. Pedí también que sucediera lo que fuera amoroso para todos. Y así sucedió, sin duda alguna. De pronto una fuerte contracción y se rompió la fuente. Y lloré.


Tu nombre, Victoria.


Y a partir de ahí ha sucedido lo más maravilloso de todo. Aprender a ser tu mamá y amarte sin haberte visto, aunque sí habiéndote conocido. Sucedió entonces que comencé a experimentar la maternidad desde la inmaterialidad; desde tu no presencia, y más bien desde tu esencia; y eso, Victoria, es lo mejor que me ha ocurrido. 


Esa experiencia me ha permitido moverme a hacer lo que una madre orgullosa de serlo, hace. Nos enseñan que debemos honrar a nuestros padres. Yo hoy sé que debemos de honrar también a nuestros hijos. Porque llegan a nuestras vidas para un propósito en específico, y no solo para obedecernos; vienen a enseñarnos una forma diferente de amor; llegan para hacernos vibrar y para sacudir nuestros esquemas desde lo raíz más profunda que éstos tengan. Porque desde el mismo y preciso momento en el que uno engendra, todo el mundo se mueve y sucede que vemos más órbitas que giran a la par que la nuestra, pero de nuestra mano.


Lo curioso es que soy yo la que he ido de tu mano y fuiste tú la que comenzó a darle "vuelo" a mi vida, como en los volantines, cuando alguien se queda abajo impulsando al que feliz se sube sin pensarlo, riendo de alegría por la emoción de sentirse libre girando. 


Hoy me siento agradecida de todo lo que con tu esencia me has revelado y honro tu venir, siendo orgullosamente tu mamá. Y el llanto sigue, con la misma emoción que sale del corazón, y el increíble orgullo de sentir tu presencia siempre conmigo. 

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